












BRUMA
La luz en la niebla perpetua es como un sueño. Repentinamente se abre una ventana en el
cielo y los rayos de sol, puros e intensos, demarcan los detalles y las texturas del paisaje con
una nitidez delirante. Después vuelve a caer una cortina gris que desdibuja las figuras en una
nata espesa.
Un amigo me dice que para él, el paisaje nublado del páramo es la región más transparente.
Es un paisaje paradójico, en todo caso. Los viajeros del s. XIX y los de la colonia, que lo
bautizaron con ese nombre un poco siniestro, lo tienden a describir como un terreno de
desolación. En la mitología precolombina, por otro lado, es el origen de la vida y del hombre.
No sorprende que un paisaje así de extraño y singular se preste tanto al mito y la superstición.
En el transcurso de varios años de fotografiar en las alturas de estos Andes tropicales, fui
percibiendo, sin duda de manera subjetiva y muy personal, un lenguaje en las imágenes que
capturaba. Eran signos que murmuraban de los ciclos intrincados del tiempo y apuntaban a
una serie de polaridades no resueltas: luz/oscuridad, vida/muerte, aridez/exuberancia,
lucidez/sueño, creación/destrucción, principio/fin.
Lo que comenzó como un pretexto para ejercitar la mirada y la capacidad de abstracción,
gradualmente se transformó en una reflexión sobre distintas temporalidades entrelazadas.
La superposición de tiempos antiquísimos con ciclos dinámicos y fugaces: desde el tiempo
geológico de la formación de esas montañas, pasando por los recurrentes períodos de
floración y descomposición de la vegetación, hasta la oscilación inmediata de un clima que
se bate entre extremos. Todas las estaciones en un solo día, a veces en una hora o menos.
Y al mismo tiempo, trazos de muchos pasados persistiendo en un presente espectral.
Fantasmas. Frailes melancólicos deambulando por la bruma. Tierra de deidades y demonios.
La serranía del dios de la noche, como algunos han interpretado el topónimo de Chingaza.
La fotografía desde sus orígenes se ha usado para registrar cosas que están destinadas a
desaparecer: de ahí su asociación íntima con la muerte. El impulso de fotografiar estos
lugares y sus poblaciones podría inscribirse dentro de esa tradición documental. Es muy
probable que me anime una consciencia de la fragilidad de esos territorios que, a pesar de su
aparente inalterabilidad, están objetivamente amenazados. También intuyo una compleja red
de interconexiones dentro y entre los ecosistemas de los distintos pisos térmicos: el bosque
alto-andino, la alta montaña, los ciclos del agua (el páramo como esponja de las nubes que
cargan agua evaporada de la selva y como origen de los ríos que la irrigan). Y por supuesto, la
actividad humana, inevitablemente destructiva. Por eso las fotos juegan con distintas escalas.
En otro nivel, este proyecto podría interpretarse en una línea mucho más personal y hasta
romántica: el paisaje como espejo y proyección de las emociones. Y en una dimensión más
simbólica, organizar estas imágenes fue para mí una forma de pensar el tiempo (el tiempo
también es una de las variables técnicas de estas fotografías y de todas). Aunque a veces este
pensar resulte un divagar a ciegas. Espero que en estas imágenes se trasluzca algo de todo
aquello, aunque mi intención no es enunciar argumentos. Como dice William Eggleston, las
fotos son lo que son y no sirve mucho hablar de ellas.
Miguel Winograd. Bogotá, 2019.